TRAS LOS ÚLTIMOS GORILAS DE MONTAÑA. POR DANIEL HAUCK.

He tenido la suerte de conocer a Daniel Hauck en uno de mis viajes a Botswana. Digo la suerte porque además de compartir el amor por los viajes, es una persona curiosa, apasionada, y generosa cuando de compartir conocimientos se trata. Practica el arte de conversar sereno, y para mi ha sido siempre un placer escucharlo. En esta ocasión, nos ha compartido un lindísimo relato sobre la visita a los últimos gorilas de montaña. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

Guadalupe González.

¿Saben?, un safari fotográfico por África es un verdadero viaje, nos retribuye con un cúmulo de sensaciones que, a mí, me recuerdan a las de la infancia, parece un juego, y como cualquier juego que se precie, nos aporta ocasionalmente una buena dosis de adrenalina, voy a relatar una experiencia personal que casi llamaría una sobredosis. He tenido, y espero seguir teniendo, el privilegio de participar en un buen número de safaris, principalmente por el África ecuatorial y subecuatorial, disfruté de todos y de entre todos, si tuviera que elegir uno sería el que, por intermedio de Dinka Travel, pude realizar sumado a un grupo en noviembre de 2015, dicho safari nos ofrece como “la frutilla del postre”, un trek  por los montes Rowenzori, las míticas Montañas de la luna, hogar de los últimos gorilas de montaña, con el propósito de localizarlos y poder observarlos en su hábitat natural, en mi caso desde el lado Rwandés de la cadena.

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Daniel con un camaleón en su espalda.

Una vez llegados al Parc National des Volcans nos recibe el Ranger que sería nuestro guía en ese día y después de las presentaciones nos dá una breve charla con instrucciones acerca de cómo comportarnos en presencia de los gorilas, por ejemplo, no tocarlos, no gritar ni realizar movimientos bruscos que pudieran inquietarlos, etc., comenzamos a caminar. Inicialmente rodeamos una serie de campos sembrados hasta llegar a un cerco alto, de piedras, al pié de los montes, que indica que más allá comienza la búsqueda. El sendero que seguimos es siempre en ascenso, en medio de una selva húmeda y lujuriosa, a veces el camino es relativamente abierto y a veces los rastreadores que acompañan al Ranger deben abrir camino a fuerza de machete, luego de unas tres horas y media de travesía repentinamente nuestro guía nos detuvo y nos indica que una familia de gorilas está en el área, inmediatamente empezamos a oírlos, a poco, y moviéndonos con suma cautela, empezamos a verlos, toda una familia diseminada aquí y allá, hembras, machos jóvenes, bebés gorilas prendidos al pecho de sus madres, todo lo que habíamos soñado, y de repente cómo una especie de Buda plácido, allí estaba, el gran “espalda plateada”, sentado en un claro, mordisqueando hojas y en apariencia indiferente a nuestra presencia.

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Preciosa imagen del macho espalda plateada.
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Familia de gorilas de montaña.

Fotos y más fotos, sólo se permite una hora en contacto con las familias de gorilas para no alterarlos, así que el tiempo vuela. Como en los grupos humanos, y el de ellos parecía uno, son los juveniles los más movedizos, ruidosos y curiosos, fotos y más fotos, y de repente, como saliendo de la nada, un juvenil, corriendo con asombrosa velocidad sale de la espesura y arremete hacia mí, una especie de bola de pelos de más un metro de diámetro a la que apenas logro esquivar, no hay agresividad, sólo curiosidad, no obstante y, seguramente pensando que la cría corría algún peligro, en un suspiro tenía al gigantesco espalda plateada erguido frente mío, a menos de un metro, en clara actitud hostil, ya no era un Buda plácido, afortunadamente, de inmediato hice lo que el Ranger nos había indicado, me incliné hacia adelante en cuclillas, bajé la cabeza mirando el piso mientras hacía con la garganta un sonido parecido a un ronroneo, que parece ser, indica sumisión y los tranquiliza, todo esto mientras, de reojo veía los pies de ese gigante que emana fuerza y determinación, golpeándose el pecho con ambas manos cómo si fuera un tambor y gruñendo a pocos centímetros de mi humanidad, mi actitud sumisa, por suerte, fue efectiva, poco a poco y por indicación del Ranger, sin levantar la vista, fuí retrocediendo al tiempo que el gran macho se tranquilizaba y un minuto después, volvía a su rutina aparentemente despreocupada, de mascar hojas.

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Daniel junto a otros miembros del grupo en contacto con los gorilas de montaña.

En pocos minutos se terminó la hora, había que regresar,  pero la sobredosis de adrenalina que mencioné al principio continuaba en mi sangre. Hermoso viaje, una experiencia difícil de explicar, maravillosa desde el primer minuto de safari hasta el último, lo recomiendo enfáticamente, África fascina en general, y para mí, éste viaje en particular, con suerte volveré, saludos y animensé!!!!.

Texto de Danial Hauck.

Fotografías de Daniel Hauck.

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